Demasiada imagen, poco de verdad
Vivimos en un tiempo donde todo parece tener que verse. Lo que no se muestra, no existe. Una foto, una historia, una sonrisa bien puesta. Y mientras más perfecto se ve, más aplaudido es. Pero… ¿a qué costo? Nos pasamos horas mirando la vida de otros. Comparándonos, corrigiéndonos, editándonos. El cuerpo ya no es cuerpo: es una pose. El rostro ya no es expresión: es filtro. Y lo que sentimos… bueno, mejor no mostrarlo. No vaya a ser que incomode. Así vamos, creyendo que mostramos mucho, pero en el fondo, nos estamos escondiendo. Escondemos la tristeza. La angustia, con frases lindas. El deseo, con distracciones. Y claro, algo se pierde. Se pierde el placer de lo simple, el gusto de hablar sin pensar cómo va a sonar, la magia de estar con alguien sin tener que probar nada. Se pierde el encuentro. Ese de verdad. Donde uno se deja ver tal cual es, sin tanto decorado. Y lo peor: se pierde el deseo. Porque si todo está en la vidriera, si todo tiene que estar listo, pulido, vendid...