Cuando la pantalla reemplaza al encuentro: una advertencia amorosa a madres y padres
Vivimos tiempos veloces. Las pantallas están en todas partes, y la inteligencia artificial, casi sin darnos cuenta, se ha colado en nuestras casas, en las escuelas, en los juguetes, en las voces que acompañan la infancia. Puede parecer moderno, útil, hasta inevitable. Pero cuando se trata de niños y niñas, conviene detenernos. Pensar. Mirar un poco más allá del brillo. Porque el problema no es solo que las pantallas "distraen". Lo que está en juego es mucho más profundo: cuando un niño queda capturado por una tecnología que responde de inmediato, que lo entretiene sin espera, sin vacío, sin misterio, algo del deseo se adormece. No hay tiempo para aburrirse, ni espacio para crear. La fantasía, que es la puerta de entrada al juego, se aplana. Y el juego —ese acto sagrado donde un niño inventa mundos— empieza a desaparecer. ¿Y qué pasa con el vínculo? Cuando el otro (el adulto, el amigo, el hermano) queda desplazado por una respuesta automatizada, se debilita el lazo. La experie...