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"El costo lo paga otro"

Hay gente que no quiere pagar el costo de una decisión, entonces te lo transfiere. Cancela tarde, llega cuando quiere, no avisa, espera que comprendas. Pero si va al dentista y no va, paga. Si va a un recital y no puede, pierde la entrada. Con el alma no, con el alma se cree que todo es negociable. Pero no es así. No querés arreglar tu relación, entonces buscás a otra persona, como si el daño colateral no contara. No te animás a hacer un duelo, entonces le ponés pausa a tu vida y hacés que los demás carguen con tu desgano. No querés asumir que no podés con todo, entonces explotás y hacés que el otro te contenga, aunque ni te lo haya pedido. Regatean con el deseo. Quieren moverse sin perder. Pero toda elección arrastra una renuncia. Y si no estás dispuesto a soltar algo, tampoco vas a agarrar nada. Entonces se quedan ahí: en pausa, en tensión, esperando que mágicamente las piezas encajen sin moverlas. Pero la verdad es esta: si no pagás vos el costo, lo paga otro. Y eso también habla de...

El amor como vínculo: entre el deseo y el límite

El amor no ocurre en el individuo, ocurre en el entre. No existe en uno solo, ni siquiera en simultáneo: el amor se va tramando en el campo vincular. Y eso lo vuelve impredecible, complejo y profundamente humano. Amar no es encontrar un alma gemela, es animarse a habitar el espacio que se abre entre dos historias distintas, con sus marcas, sus ritmos, sus fantasmas, sus modos de querer. Ahí donde muchos buscan armonía, el amor propone tensión. Porque un vínculo real no es simétrico ni parejo, es movimiento constante, es negociación, es desborde. En el amor, lo vincular nos enfrenta al límite: el del otro, pero sobre todo, el propio. Qué puedo dar sin anularme. Qué puedo recibir sin exigirte que seas igual a mí. Cómo deseo sin poseer. Cómo me acerco sin invadir. Porque amar no es colonizar. Es aprender a leer al otro sin traducirlo todo el tiempo a mi lengua. Es dejar de suponer que si me ama, hará lo que yo haría. Lo vincular pone a prueba nuestras formas de estar con otros: nuestros m...

"Aunque duela, todavía hay algo que quiere"

Hay días en que nada encaja. En que los vínculos se tensan, el cuerpo no responde, las palabras no alcanzan. Días en que parece que todo lo que uno intenta se deshace antes de llegar. Pero incluso ahí —justo ahí— puede haber un gesto. No hacia la felicidad impostada, sino hacia el deseo que aún persiste, aunque apenas se note. Porque no todo está perdido cuando algo todavía arde, aunque sea apenas una brasa. No se trata de exigirse más. Ni de tapar el síntoma con frases motivadoras. Se trata de escuchar. Lo que duele, lo que no cierra, lo que vuelve. Se trata de no huir del vacío, sino de habitarlo. De hacer con eso, lo propio. Quizás no sea posible cambiarlo todo. Pero sí es posible no traicionarse. Decir lo que uno no dijo. Hacer lugar a lo que insiste. Dar un paso, aunque tiemble. Aunque no se sepa hacia dónde. Aunque no haya garantía. A veces, la fuerza no es moverse rápido. Es sostenerse en lo que uno eligió, aun cuando tambalee. Es darle lugar al deseo en medio del ruido, del mie...

El otro es otro

Hay algo que no se dice mucho, pero pasa todo el tiempo: ese intento de cambiar al otro, de moldearlo, de que encaje en lo que vos esperás. Y no parece tan grave al principio. Solo querés que sea “más claro”, “más atento”, “menos frío”, “más como vos”. Querés que reaccione distinto, que entienda sin que tengas que explicar, que te cuide justo como vos lo necesitás. Pero ahí hay algo peligroso. Porque en ese querer cambiarlo, lo vas borrando. Lo vas tachando, como si su forma de ser no alcanzara. Como si vos supieras mejor quién tiene que ser. Y eso, aunque no se grite ni se golpee, también es una forma de violencia. Una que duele en silencio. Una que deja al otro sintiéndose equivocado por ser como es. Lo más duro es que muchas veces ni te das cuenta. Creés que estás pidiendo algo justo, algo mínimo. Pero en el fondo, estás esperando que sea alguien distinto. Alguien inventado por vos. Hecho a medida de lo que necesitás, de lo que te faltó, de lo que te duele. ¿Y si en vez de mirar tan...

El peligro de enamorarte de una idea

El peligro de enamorarte de una idea" Muchas veces no te enamorás de la persona que tenés adelante, sino de la idea que construiste sobre ella. De un personaje que inventaste en tu cabeza. Le ponés palabras que nunca dijo, gestos que nunca tuvo, promesas que jamás hizo. Y cuando la realidad no encaja con tu guion, llega la frustración. La bronca. El “¿por qué no puede ser como yo necesito?”. Pero la verdad es que no puede. Porque no es eso que vos imaginaste. Es alguien con sus propias marcas, sus tiempos, sus modos. El problema aparece cuando, en vez de aceptarlo, intentás cambiarlo. Lo corregís. Lo moldeás. Lo apretás contra tu ideal. Y ahí, sin darte cuenta, empezás a borrarlo. Eso también es violencia: quitarle al otro el derecho de ser quien es. Forzarlo a representar un papel que nunca eligió. La pregunta es: ¿qué hacés con esa distancia entre lo que soñaste y lo que hay? ¿Lo seguís castigando por no cumplir tu fantasía? ¿O te animás a mirar de frente lo que te pasa a vos co...

Hay mujeres que sobreviven en silencio

No porque no vean lo que les pasa. No porque no duela. No porque no quieran salir. Sino porque salir implica a veces quedarse sin nada. Sin casa. Sin hijos. Sin trabajo. Sin respaldo. Porque el afuera muchas veces no es más amable que el adentro. Porque la violencia no siempre es un golpe: a veces es una mirada que humilla, un control constante, una palabra que destruye la autoestima todos los días. Porque hay violencias que no se ven, pero pesan igual. Y no, no es tan simple como decir “¿por qué no se va?”. Salir de una situación así no es un acto de voluntad, es un proceso. A veces lento. A veces lleno de culpas y contradicciones. Muchas mujeres están vivas, pero ya no sienten que tienen vida. Hablar de violencia no es sólo hablar de lo que pasa en una casa. Es hablar de una cultura que aún permite que eso pase. De instituciones que revictimizan. De entornos que prefieren no meterse. De una educación que aún no enseña a amar sin poseer. Y también es hablar de redes. Porque una mujer ...

El yo tirano en la época del goce obligatorio

En esta época, el yo se ha inflado. Pero no es el yo cartesiano, ni siquiera el yo imaginario como lo presentaba Lacan en los primeros tiempos. Es un yo devenido tirano. Un tirano disfrazado de libertad, de autenticidad, de “ser uno mismo”, cuando en verdad está colonizado por los imperativos del discurso capitalista. Lacan lo advirtió de manera anticipatoria en El discurso capitalista: un discurso sin lugar para el imposible, donde la relación entre saber y verdad se desengancha, dejando al sujeto a merced de un circuito de goce sin tope. Allí, el yo se presenta como empresario de sí mismo, gerente de su marca personal, curador de sus experiencias, acumulador de goces. No hay falta, no hay pérdida, solo hay “ofertas”. Este yo, saturado de imágenes, cree que el sentido le pertenece, que puede producirse a voluntad. Como en El Palmavero, cuando Lacan describe cómo el sujeto se identifica con una imagen de plenitud que lo aliena, que lo esclaviza. Pero hoy ya no hace falta el Otro que no...