El otro es otro
Hay algo que no se dice mucho, pero pasa todo el tiempo:
ese intento de cambiar al otro, de moldearlo, de que encaje en lo que vos esperás.
Y no parece tan grave al principio.
Solo querés que sea “más claro”, “más atento”, “menos frío”, “más como vos”.
Querés que reaccione distinto, que entienda sin que tengas que explicar, que te cuide justo como vos lo necesitás.
Pero ahí hay algo peligroso.
Porque en ese querer cambiarlo, lo vas borrando.
Lo vas tachando, como si su forma de ser no alcanzara.
Como si vos supieras mejor quién tiene que ser.
Y eso, aunque no se grite ni se golpee, también es una forma de violencia.
Una que duele en silencio.
Una que deja al otro sintiéndose equivocado por ser como es.
Lo más duro es que muchas veces ni te das cuenta.
Creés que estás pidiendo algo justo, algo mínimo.
Pero en el fondo, estás esperando que sea alguien distinto.
Alguien inventado por vos. Hecho a medida de lo que necesitás, de lo que te faltó, de lo que te duele.
¿Y si en vez de mirar tanto lo que el otro no te da, empezás a preguntarte por qué lo necesitás así?
¿Y si lo que estás buscando afuera es algo que todavía no resolviste con vos?
Porque cuando querés que el otro sea quien no es, no estás amando.
Estás proyectando.
Y amar… es otra cosa.
Es aceptar al otro tal cual es, sin querer arreglarlo, sin querer completarlo.
Aunque eso a veces duela.
Aunque eso a veces te obligue a preguntarte qué estás haciendo vos ahí.
Lic. Constanza Depetris
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