El amor como vínculo: entre el deseo y el límite
El amor no ocurre en el individuo, ocurre en el entre.
No existe en uno solo, ni siquiera en simultáneo: el amor se va tramando en el campo vincular.
Y eso lo vuelve impredecible, complejo y profundamente humano.
Amar no es encontrar un alma gemela,
es animarse a habitar el espacio que se abre entre dos historias distintas,
con sus marcas, sus ritmos, sus fantasmas, sus modos de querer.
Ahí donde muchos buscan armonía, el amor propone tensión.
Porque un vínculo real no es simétrico ni parejo,
es movimiento constante, es negociación, es desborde.
En el amor, lo vincular nos enfrenta al límite:
el del otro, pero sobre todo, el propio.
Qué puedo dar sin anularme.
Qué puedo recibir sin exigirte que seas igual a mí.
Cómo deseo sin poseer.
Cómo me acerco sin invadir.
Porque amar no es colonizar.
Es aprender a leer al otro sin traducirlo todo el tiempo a mi lengua.
Es dejar de suponer que si me ama, hará lo que yo haría.
Lo vincular pone a prueba nuestras formas de estar con otros:
nuestros modos de ceder, de frustrarnos, de pedir, de callar, de desaparecer o aferrarnos.
Y por eso, el amor no siempre es cómodo, pero sí revelador.
Quizás amar no sea coincidir.
Quizás sea poder sostener el disenso sin romper el lazo.
Aceptar que no hay garantía.
Que un vínculo real se construye en el barro, no en la fantasía.
Amar es crear un espacio que no existía.
Una zona donde ninguno de los dos es el mismo que antes,
pero tampoco deja de ser quien es.
El amor, entonces, no es el final feliz.
Es el comienzo incierto de un trabajo de dos.
Y eso es mucho más valioso que cualquier cuento de hadas.
Lic. Constanza Depetris
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