A veces, la violencia no se ve. Pero se siente.



No siempre hay golpes.
A veces hay miradas que lastiman más que una cachetada.
Silencios que pesan como una amenaza.
Palabras que se clavan en el cuerpo y que uno termina creyendo.
Rutinas donde se camina con miedo, se habla con cuidado, se vive en puntas de pie.

Hay mujeres que se acostumbraron a que las traten mal.
Que ya no esperan un buen trato.
Que hacen todo para no “provocar”, para que no se enoje, para que no explote.
Y viven así, esquivando el conflicto como si caminaran en un campo minado.

Pero el cuerpo no miente.
Aparece la ansiedad, el insomnio, los dolores, el cansancio profundo, la confusión.
Y la frase que vuelve siempre: “Ya no sé ni quién soy.”

No estás loca. No estás exagerando. No te lo estás inventando.
Cuando alguien te apaga la voz, el deseo, la libertad o la alegría… eso también es violencia.

Y se puede salir.
No siempre es fácil. Pero se puede.
Pedir ayuda no es un signo de debilidad. Es una forma de cuidarte. De volver a vos.
Y eso también es amor. Amor del bueno: el propio.
Lic. Constanza Depetris 

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