Día de la madre

Hubo un tiempo en que las madres no podían decir que estaban cansadas.
Tenían que ser fuertes, calladas, incansables.
Aprendieron a amar desde el deber, a sostener sin pedir, a llorar en silencio para no preocupar a nadie.
Y así fueron tejiendo generaciones enteras de hijas e hijos que las vieron resistir sin entender el precio.

Madre fue muchas veces sinónimo de renuncia.
De deseos postergados, de cuerpos cansados, de sueños guardados en cajones.
Y aun así, en medio de tanta exigencia, algo de su ternura se filtró igual.
En una mirada, en una comida improvisada, en ese modo de estar que no se borraba ni con la distancia.

Las madres son las que siguieron, aunque nadie las cuidara.
Las que amaron como pudieron, con las herramientas que tuvieron, con las heridas que cargaban.
Las que aprendieron a callar para no romper lo poco que quedaba en pie.

Este día no es solo para agradecer.
Es para mirar hacia atrás y reconocer todo lo que se calló, lo que se sostuvo, lo que se perdió.
Porque ser madre fue, durante mucho tiempo, sobrevivir al mandato y seguir amando igual.

Y aunque el mundo cambie, algo de eso sigue latiendo en cada una:
la fuerza ancestral de las que vinieron antes,
las que dejaron su voz en nosotras,
las que hicieron del amor un acto de coraje silencioso.
Lic. Constanza Depetris 

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