La clínica empieza con una pregunta
En algún punto del camino, muchos profesionales de la salud empezaron a olvidar la importancia del diagnóstico.
No el nombre que se le pone a un cuadro.
Sino el gesto clínico que lo antecede:
la escucha activa, sin apuro. La pregunta que afina. La pausa que permite comprender.
Hoy alguien llega y dice:
—Siento angustia.
Y muchas veces lo que recibe a cambio es una etiqueta, un ansiolítico, una derivación rápida.
Pero…
¿Alguien le preguntó cuándo la siente?
¿En qué momento del día aparece?
¿Con qué se asocia?
¿Si es física o emocional?
¿Si la reconoce como algo nuevo o viejo?
¿Si sabe qué podría estar pidiéndole su cuerpo?
La clínica se ha vuelto, en muchos espacios, un sistema de respuestas automáticas.
Una máquina que traduce el síntoma en diagnóstico sin permitirle desplegarse.
Pero sin diagnóstico real, no hay tratamiento adecuado.
Y sin preguntas, no hay diagnóstico.
La diferencia entre angustia y ansiedad no es un tecnicismo.
Tiene consecuencias.
Porque detrás de esas palabras, hay sujetos.
Y hay cuerpos.
Y hay historias que necesitan ser contadas en el tiempo que cada una requiere.
El primer encuentro con quien consulta no es una formalidad.
Es un momento decisivo.
Una oportunidad para decir, con la presencia:
“Estoy acá para escucharte, no para sacarte de encima.”
Preguntar no es solo obtener información.
Es habilitar el relato.
Es permitir que el síntoma tenga un sentido, antes de reducirlo a una categoría.
Es devolverle al paciente un lugar que, muchas veces, le ha sido negado:
el de alguien que sabe algo de lo que le pasa.
Porque nadie habita un cuerpo ajeno como su propio cuerpo.
Y cuando alguien llega con un malestar, lo primero no es interpretar.
Lo primero es preguntar.
Y escuchar, de verdad.
Lic. Constanza Depetris
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