"Cuando querés que el otro sea quien no es"
Hay algo violento en querer que el otro se parezca a tu idea de cómo debería ser.
Violento, sí. Porque en ese gesto de exigencia, lo borrás. Lo arrancás de su singularidad. Lo anulás.
Es sutil. No gritás. No golpeás. Pero hay algo que duele igual: tu deseo de que cambie.
Que sea más claro. Más romántico. Más fuerte. Que no dude. Que te entienda sin que hables. Que actúe como vos lo harías.
Que te salve.
Pero el otro no está para encarnar tu guión.
Y cuando insiste en ser como es, ahí aparece el malestar.
La queja, la decepción, el “no me está dando lo que necesito”.
¿Y si lo que necesitás es que se parezca a un ideal?
¿A un padre que no estuvo, a una madre perfecta, a una pareja que venga a calmar todas tus heridas?
Entonces, ¿de quién es la responsabilidad?
Porque sí: vos también tenés que hacerte cargo de eso que proyectás.
De eso que creaste en tu cabeza y ahora le reclamás al otro que cumpla.
Como si el otro fuese culpable por no llenar el molde de tu falta.
Ahí se juega la estructura neurótica: en el desfasaje eterno entre lo que esperás y lo que hay.
En la demanda inconsciente de un amor que lo cure todo.
Y en la imposibilidad de aceptar que el otro también es limitado, contradictorio, humano.
Entonces, ¿hasta cuándo vas a exigir que sea otro?
¿Hasta cuándo vas a negar que eso también es una forma de violencia?
¿Hasta cuándo vas a seguir pidiendo que el otro resuelva lo que todavía no resolviste con vos?
Porque cuando querés que el otro sea quien no es, no estás amando. Estás proyectando.
Y amar, en cambio, es soportar lo real del otro. Aun cuando eso no se parezca en nada a tu ideal.
Lic. Constanza Depetris
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