Cuando todo se vuelve síntoma
Vivimos en una época en la que cada malestar parece necesitar un nombre, una pastilla, un protocolo.
Una época en la que la tristeza ya no puede ser solo tristeza: debe ser tratada.
El insomnio, entendido como falla.
La angustia, como desequilibrio.
La duda, como trastorno.
El dolor, como patología.
Y el cuerpo, como una máquina que debe rendir… siempre.
Se ha instalado, casi sin darnos cuenta, una lógica que traduce lo humano en código médico.
Una cultura que medicaliza la existencia.
Que no soporta lo incierto, lo inestable, lo subjetivo.
Pero la vida no es un cuadro clínico.
Y no todo lo que duele es enfermedad.
Hay duelos que no requieren ansiolíticos, sino tiempo.
Hay cansancios que no se curan durmiendo, sino cambiando de vida.
Hay cuerpos que gritan lo que la palabra calla, y no habrá píldora que los silencie sin consecuencias.
Lo preocupante no es la medicina.
Lo preocupante es cuando se convierte en el único idioma permitido.
Cuando toda pregunta se convierte en síntoma.
Cuando todo malestar se traduce en un diagnóstico.
Y cuando el único interlocutor válido es el que receta.
No es que no haya que intervenir.
Es que no siempre la respuesta es química.
Ni inmediata.
Ni externa.
A veces es preciso detenerse.
Escuchar.
Preguntar por la historia, no solo por el síntoma.
Volver a dar lugar al sentido, no solo al protocolo.
Porque cuando se medicaliza la existencia, se empobrece la vida.
Se vuelve sospechosa la emoción.
Y se deja de confiar en la capacidad de los sujetos para transitar lo que les pasa.
Recuperar la dimensión humana de lo que duele no es ir contra la ciencia.
Es recordarle su origen:
el arte de curar con humanidad.
Lic. Constanza Depetris
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