El sufrimiento como mercancía



Vivimos en una época donde todo puede ponerse en venta, incluso aquello que alguna vez fue íntimo, sagrado o inefable. El sufrimiento —ese malestar profundo que solía transitarse en silencio, en el consultorio o en la soledad del alma— ha sido absorbido por la lógica del mercado. Hoy, se empaqueta, se estetiza y se ofrece como contenido. Se consume. Se comparte. Se vuelve capital simbólico.

En redes sociales, el dolor se vuelve narrativa, branding personal, reclamo de empatía o likes. Llorar frente a una cámara ya no es solo un acto de catarsis, sino una estrategia. El cuerpo enfermo, la pérdida, la angustia, se vuelven episodios seriales. La vulnerabilidad, antes escondida o elaborada en la intimidad, ahora se convierte en performance. Y mientras más "auténtica" parezca, más valor tiene.

Pero, ¿qué se pierde cuando el sufrimiento deja de ser experiencia subjetiva y pasa a ser espectáculo? ¿Qué sucede cuando el síntoma se transforma en identidad, y el malestar en rasgo de pertenencia? ¿Cómo se aloja el dolor cuando se lo mide en visualizaciones?

Este fenómeno no invalida el dolor real. Pero sí nos confronta con una pregunta ética: ¿estamos realmente acompañando el padecimiento del otro o solo consumiéndolo? ¿Estamos transformando la herida en algo que se mercantiliza, se estetiza y se repite, vaciándola de sentido?

El sufrimiento, cuando se convierte en mercancía, corre el riesgo de perder su función subjetivante. Se vuelve parte del decorado. Y mientras más espectacular, más rentable. Pero menos transformador.

¿Cómo alojar el dolor sin usarlo? ¿Cómo testimoniar sin exhibir? ¿Cómo resistir la tentación de que todo lo humano deba ser mostrado para existir?
Lic. Constanza Depetris 

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