Intimidad
La intimidad no es solamente un espacio físico ni la desnudez compartida, sino un territorio invisible en el que el otro accede a aquello que solemos resguardar con más cuidado: lo frágil, lo verdadero, lo que late debajo de las máscaras. Intimidad es cuando dejamos caer el personaje con el que transitamos la vida y nos atrevemos a mostrar la vulnerabilidad, el miedo, la risa genuina, las heridas todavía abiertas.
A veces creemos que intimidad es algo que se construye únicamente con los vínculos amorosos, pero también existe en una conversación con un amigo a las tres de la mañana, en el silencio cómplice con alguien que entiende sin palabras, en la mirada que reconoce. Intimidad es, de alguna manera, permitir que el otro vea la trama interior sin maquillaje ni defensas, y al mismo tiempo es el acto de confianza que nos abre a recibir lo que el otro también nos entrega.
No siempre es fácil, porque la intimidad confronta con la idea de control. Nos expone a ser heridos, a que no nos comprendan, a que nos rechacen. Y sin embargo, cuando se da, nos recuerda lo profundamente humanos que somos: necesitados de conexión, de escucha, de piel y de alma.
La intimidad no se acelera, no se fuerza. Nace en la constancia de los gestos pequeños, en la lealtad de lo cotidiano, en la disposición a habitar el tiempo con el otro. Es un lenguaje secreto que se teje lentamente, como si cada palabra y cada silencio fueran puntadas de algo que, cuando está, se siente irrompible.
Lic. Constanza Depetris
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