La diferencia que incomoda



Cuando hablamos de discapacidad, muchas veces aparece la palabra tolerancia. Como si la persona con discapacidad fuera alguien a quien “soportar”, alguien que está “fuera de la norma” y que por eso necesita de nuestra buena voluntad.

Pero tolerar no es aceptar. Tolerar es aguantar lo que molesta. Y cuando la diferencia se vive solo desde la tolerancia, el riesgo es caer en una violencia más sutil: la del asistencialismo, la lástima, la mirada que reduce al otro a su condición.

La violencia hacia la discapacidad no siempre se da en un insulto o en un gesto grosero. También está en la rampa que nunca se construye, en el trabajo que no se ofrece, en la decisión de hablarle al acompañante en vez de a la persona. Es la violencia invisible de una sociedad que dice incluir, pero que en realidad solo admite lo diferente si no incomoda demasiado.

La cultura del “todos iguales” también hiere. Porque no somos todos iguales. Y pretender que alguien con discapacidad “haga todo como los demás” es borrar su singularidad, es desconocer que la diferencia no es un defecto, sino parte de lo humano.

Aceptar la diferencia en la discapacidad no es tolerar, no es soportar, no es “hacer un esfuerzo”. Es reconocer que en esa diferencia se abre un modo de existencia que también nos interpela, que también nos humaniza.

El verdadero desafío no está en tolerar, sino en convivir: dejar que el otro sea, con su singularidad, sin querer normalizarlo ni borrarlo.
Lic. Constanza Depetris 

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