Ni todo es culpa del otro, ni todo es carga propia



A veces, para no mirar lo que nos toca, le echamos la culpa al otro.
Y otras, para no soltar lo que no es nuestro, nos echamos encima culpas que no nos corresponden.
Dos maneras distintas de perdernos. Dos formas de irse de uno mismo.

Hay quienes pasan la vida entera señalando al afuera: “me pasa esto por él”, “yo soy así porque me fallaron”, “no puedo avanzar por culpa de los demás”.
Y hay quienes, en silencio, cargan con el dolor de todos, sintiéndose responsables de lo que no dijeron, de lo que otros eligieron, de lo que nadie les pidió.

En ambos casos, el sujeto queda atrapado. Uno, esperando que el otro cambie. Otro, intentando reparar lo irreparable.

Y en el medio… la vida pasando.

Hacerse cargo no es tragarse todo.
Y soltar al otro no es desentenderse de uno.

Hacerse cargo es mirar con honestidad lo propio: lo que repito, lo que evito, lo que deseo.
Y también saber decir: esto no es mío. Esta herida no la causé yo. Esta culpa no me corresponde. Esta exigencia no me define.

El trabajo es fino.
Porque a veces el otro sí hizo daño. A veces sí nos fallaron.
Pero si me quedo solo ahí, señalando, no me muevo.
Y si me quedo cargando con todo, me aplasto.

Hay que encontrar esa línea sutil donde uno puede mirarse sin castigo, y al mismo tiempo soltar lo que pesa y no le pertenece.
Es ahí donde empieza a abrirse algo distinto: la posibilidad de habitarse de otro modo.

Ni todo es culpa del otro, ni todo lo tengo que cargar yo.
El deseo propio se juega en el medio.
Ahí, justo ahí, donde uno empieza a decirse con verdad.
Lic. Constanza Depetris 

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