“No hice nada.”
Hay algo que me viene llamando la atención desde hace más de veinte años que soy psicóloga.
Y es esta frase que escuché cientos de veces, siempre con la misma carga de culpa o vergüenza:
“No hice nada.”
Y cuando pregunto, con curiosidad, ¿nada?, me dicen:
"Me levanté temprano, preparé el desayuno, llevé a los chicos al colegio, hice las compras, limpié un poco, busqué a los chicos, preparé la comida, ayudé con las tareas, bañé a los más chicos, ordené, dejé todo más o menos listo para el día siguiente..."
Y después, bajan la mirada, como si no alcanzara.
¿Por qué nos pasa esto?
¿Por qué todo eso no entra en la categoría de “hacer algo”?
¿Por qué seguimos pensando que sólo vale lo que se paga?
¿Por qué tantas mujeres viven jornadas completas sin pausas, pero sienten que no hicieron nada?
Tal vez porque nadie lo ve.
O porque lo ven, pero no lo reconocen.
Porque es un hacer sin título, sin sueldo, sin aplauso.
Porque es lo cotidiano, lo que "toca", lo que no se elige pero se espera.
Y entonces, eso también queda afuera del valor.
Yo lo veo todos los días: mujeres agotadas que sienten que no tienen derecho al cansancio.
Mujeres que hacen todo, pero no se permiten decirlo.
Como si sólo se pudiera hablar de esfuerzo cuando hay un contrato de por medio.
Pero eso también es trabajo. Y es vida. Y es presencia.
Nombrarlo no es ideología. Es sentido común. Es mirar con honestidad lo que está pasando.
Y es empezar, al menos entre nosotras, a darnos cuenta de todo lo que sí hacemos.
Aunque a veces cueste verlo.
Lic. Constanza Depetris
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