Pedir ayuda

Pedir ayuda nunca es gratuito.
No lo es para quien lo hace desde la necesidad, ni para quien lo escucha desde la incomodidad. Pedir ayuda supone reconocer que no se puede solo, que el cuerpo o la mente ya no responden, que la fuerza se agotó o que la vida pesa demasiado. Supone enfrentar la mirada del otro, esa mirada que puede sostener… o juzgar.

El costo de pedir ayuda está en lo que se pierde: el orgullo, la ilusión de autosuficiencia, la fantasía de que uno puede con todo. También está en lo que se arriesga: ser malinterpretado, ser minimizado, ser rechazado. Y, a veces, está en lo que se recibe: un consejo vacío, una respuesta fría, un silencio que duele más que la necesidad inicial.

Porque pedir ayuda es mostrar una grieta. Y en una sociedad que idolatra la fortaleza, la eficiencia y el rendimiento, la grieta incomoda. Se vuelve un recordatorio de lo humano, de lo limitado, de lo frágil. Entonces, pedir ayuda se convierte en un acto de valentía radical: se paga un costo social, emocional y hasta laboral.

Sin embargo, hay un reverso. En ese costo se abre también un espacio. Porque el que pide ayuda da testimonio de lo real de la vida: nadie puede solo siempre. El cuerpo falla, la mente se quiebra, las emociones se desbordan. Y en esa confesión se abre la posibilidad de un vínculo distinto, más humano, más verdadero.

El costo de pedir ayuda es alto, sí. Pero el costo de callar, de ocultar, de resistir hasta romperse… ese puede ser mucho más caro.
Lic. Constanza Depetris 

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