Relaciones
Las relaciones que sostenés hablan de vos en un idioma que a veces desconocés.
No sólo cuentan lo que amás o cuidás, sino también lo que temés, lo que callás, lo que evitás.
Cada vínculo es un espejo: devuelve imágenes de tu historia, de tus heridas y de tus modos de habitar el deseo.
Hay relaciones que parecieran elegidas en libertad, pero son el eco de mandatos antiguos, la repetición silenciosa de un guion que no escribiste. Otras, en cambio, son fugas de ese guion: apuestas arriesgadas que buscan abrir una grieta en lo heredado. Entre ambas fuerzas —la repetición y la creación— se mueve lo que sostenés.
A veces, sostenés relaciones imposibles de habitar, pero conocidas en su dolor.
Otras veces, habitás relaciones nunca dichas, vínculos tácitos que parecen sostenerte pero en los que apenas existís.
Y en cada caso, la pregunta insiste: ¿qué de vos se juega allí? ¿Qué parte se entrega, qué parte se protege, qué parte se posterga?
No es sólo con quién te relacionás, sino desde dónde.
Desde el miedo, el mandato, la soledad, la necesidad… o desde un deseo que se anima a decirse.
Sostener no es simplemente mantener: es cargar, es dar lugar, es otorgar valor. Por eso, cada relación que sostenés habla también de cuánto te sostenés —o te descuidás— a vos misma en ella.
En el fondo, la pregunta no es tanto si podés sostener al otro, sino si podés sostenerte en el lazo sin dejar de ser.
Si podés elegir sin repetir, amar sin perderte, cuidar sin desaparecer, ceder sin borrarte.
Las relaciones que sostenés, en definitiva, muestran la trama invisible entre lo que heredaste, lo que deseás y lo que te atrevés a crear.
Lic. Constanza Depetris
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