Sobre la soledad en tiempos que olvidaron el alma



¿De qué hablamos cuando decimos “soledad”? ¿Es acaso la ausencia de cuerpos a nuestro alrededor? ¿O será más bien la pérdida de algo mucho más sutil: el vínculo consigo mismo, el diálogo con la propia alma?

En esta época, donde todo debe ser mostrado, compartido, aplaudido, ¿qué lugar queda para aquello que no se dice? ¿Qué espacio sobrevive para lo invisible, para lo íntimo, para lo que no se puede convertir en contenido?

Dicen que estamos hiperconectados. Y sin embargo, rara vez nos encontramos. ¿No será que confundimos el estar “en línea” con el estar presentes? ¿No será que hemos poblado nuestras vidas de vínculos rápidos para no detenernos a sentir cuán solos estamos verdaderamente?

Pero… ¿acaso la soledad es un mal? ¿O será que hemos olvidado habitarla? Porque no toda soledad es sufrimiento. Existe una que es pausa, una que es umbral, una que es medicina. La soledad del que elige callar para escuchar algo más hondo que el ruido del mundo. La soledad del que deja de actuar para que emerja lo verdadero.

Hoy tememos estar solos como si fuera un castigo. Llenamos cada segundo con estímulos, conversaciones superficiales, distracciones inmediatas. ¿Qué pasaría si nos quedáramos un instante con nosotros mismos? ¿Qué veríamos? ¿A quién escucharíamos?

Tal vez lo que duele no es la soledad, sino la distancia que tenemos de nosotros mismos. Tal vez lo insoportable no es la ausencia del otro, sino la ausencia del propio ser.

Y si esto es así, ¿no sería urgente volver a conversar con el alma? ¿No sería el tiempo de dejar de temerle al silencio, y aprender a acompañarnos, primero, a nosotros?

Porque nadie puede amar si no se ha mirado con verdad. Nadie puede habitar el lazo con el otro si antes no ha recorrido sus propios abismos.

La soledad no siempre es ausencia. A veces es el comienzo del regreso.
Lic. Constanza Depetris 

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