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Hay mujeres que sobreviven en silencio

No porque no vean lo que les pasa. No porque no duela. No porque no quieran salir. Sino porque salir implica a veces quedarse sin nada. Sin casa. Sin hijos. Sin trabajo. Sin respaldo. Porque el afuera muchas veces no es más amable que el adentro. Porque la violencia no siempre es un golpe: a veces es una mirada que humilla, un control constante, una palabra que destruye la autoestima todos los días. Porque hay violencias que no se ven, pero pesan igual. Y no, no es tan simple como decir “¿por qué no se va?”. Salir de una situación así no es un acto de voluntad, es un proceso. A veces lento. A veces lleno de culpas y contradicciones. Muchas mujeres están vivas, pero ya no sienten que tienen vida. Hablar de violencia no es sólo hablar de lo que pasa en una casa. Es hablar de una cultura que aún permite que eso pase. De instituciones que revictimizan. De entornos que prefieren no meterse. De una educación que aún no enseña a amar sin poseer. Y también es hablar de redes. Porque una mujer ...

El yo tirano en la época del goce obligatorio

En esta época, el yo se ha inflado. Pero no es el yo cartesiano, ni siquiera el yo imaginario como lo presentaba Lacan en los primeros tiempos. Es un yo devenido tirano. Un tirano disfrazado de libertad, de autenticidad, de “ser uno mismo”, cuando en verdad está colonizado por los imperativos del discurso capitalista. Lacan lo advirtió de manera anticipatoria en El discurso capitalista: un discurso sin lugar para el imposible, donde la relación entre saber y verdad se desengancha, dejando al sujeto a merced de un circuito de goce sin tope. Allí, el yo se presenta como empresario de sí mismo, gerente de su marca personal, curador de sus experiencias, acumulador de goces. No hay falta, no hay pérdida, solo hay “ofertas”. Este yo, saturado de imágenes, cree que el sentido le pertenece, que puede producirse a voluntad. Como en El Palmavero, cuando Lacan describe cómo el sujeto se identifica con una imagen de plenitud que lo aliena, que lo esclaviza. Pero hoy ya no hace falta el Otro que no...

La patologización de la existencia(Texto para reflexión psicológica o psicoanalítica)

Vivimos en tiempos donde todo debe tener una etiqueta, una causa inmediata, un nombre clínico que “explique” lo que sentimos. La tristeza se convierte en depresión, el miedo en trastorno de ansiedad, la timidez en fobia social, la euforia en bipolaridad. Y con ello, lo que alguna vez fue parte del drama inevitable de estar vivos, se convierte en algo a erradicar, a medicar, a controlar. Así, se patologiza la existencia. Pero la existencia —en su crudeza, en su intensidad, en su ambivalencia— no es una enfermedad. Sentir miedo, tristeza, vacío, desesperanza o rabia no nos vuelve enfermos. Nos vuelve humanos. La cultura del rendimiento, del éxito permanente, de la positividad forzada, no tolera los momentos de caída, ni los síntomas como mensajes del alma o del cuerpo. Entonces medicaliza, rotula, encierra en diagnósticos. Claro que existen sufrimientos que requieren atención clínica y acompañamiento profesional. Pero hay otro dolor —más cotidiano, más existencial— que pide ser escuchado...

Intimidad

La intimidad no es solamente un espacio físico ni la desnudez compartida, sino un territorio invisible en el que el otro accede a aquello que solemos resguardar con más cuidado: lo frágil, lo verdadero, lo que late debajo de las máscaras. Intimidad es cuando dejamos caer el personaje con el que transitamos la vida y nos atrevemos a mostrar la vulnerabilidad, el miedo, la risa genuina, las heridas todavía abiertas. A veces creemos que intimidad es algo que se construye únicamente con los vínculos amorosos, pero también existe en una conversación con un amigo a las tres de la mañana, en el silencio cómplice con alguien que entiende sin palabras, en la mirada que reconoce. Intimidad es, de alguna manera, permitir que el otro vea la trama interior sin maquillaje ni defensas, y al mismo tiempo es el acto de confianza que nos abre a recibir lo que el otro también nos entrega. No siempre es fácil, porque la intimidad confronta con la idea de control. Nos expone a ser heridos, a que no nos com...

¿Qué es la responsabilidad subjetiva?

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  Imaginate que tu vida es una historia que vas escribiendo vos, aunque muchas cosas no las elegiste. No elegiste dónde naciste, ni a tu familia, ni lo que te pasó de chiquito o en ciertas relaciones. Hasta ahí, eso no lo manejás. Pero llega un momento en que, aunque no seas culpable de lo que te pasó, sí sos responsable de qué hacés con eso. La responsabilidad subjetiva no es "la culpa". No es señalarte con el dedo. Es más bien una invitación. Es eso que te dice por dentro: “¿Y ahora qué hacés con esto que te pasó?” Por ejemplo: Si de chico te trataron mal y creciste pensando que no valías nada, podés vivir toda la vida repitiendo eso... o un día preguntarte si eso que te dijeron era cierto. Si siempre reaccionás con bronca o te alejás de todo el mundo, podés seguir culpando al pasado, o también podés empezar a ver qué parte es tuya en esas repeticiones. Ser responsable de lo tuyo no es cargar con todo. Es empezar a mirar hacia adentro. No para castigarte, sino p...

Relaciones

Las relaciones que sostenés hablan de vos en un idioma que a veces desconocés. No sólo cuentan lo que amás o cuidás, sino también lo que temés, lo que callás, lo que evitás. Cada vínculo es un espejo: devuelve imágenes de tu historia, de tus heridas y de tus modos de habitar el deseo. Hay relaciones que parecieran elegidas en libertad, pero son el eco de mandatos antiguos, la repetición silenciosa de un guion que no escribiste. Otras, en cambio, son fugas de ese guion: apuestas arriesgadas que buscan abrir una grieta en lo heredado. Entre ambas fuerzas —la repetición y la creación— se mueve lo que sostenés. A veces, sostenés relaciones imposibles de habitar, pero conocidas en su dolor. Otras veces, habitás relaciones nunca dichas, vínculos tácitos que parecen sostenerte pero en los que apenas existís. Y en cada caso, la pregunta insiste: ¿qué de vos se juega allí? ¿Qué parte se entrega, qué parte se protege, qué parte se posterga? No es sólo con quién te relacionás, sino desde dónde. D...

La depresión no es falta de voluntad

No es que no le pongas ganas. No es que seas débil. Tampoco es estar triste y ya. Es una señal. Una forma en que el cuerpo y el alma dicen: "Ya no puedo más con esto." Vivimos en una época que exige que estemos bien. Siempre motivados. Siempre felices. Siempre haciendo. Hay una presión constante: tenés que disfrutar, tenés que rendir, tenés que poder. Y si no podés, sentís que estás fallando. Pero, ¿y si no es un problema tuyo? ¿Y si el problema es ese modelo de vida que no deja espacio para el malestar? ¿Ese sistema que te llena de exigencias, pero te vacía por dentro? La depresión muchas veces aparece cuando el deseo se apaga. Cuando ya no sabés para qué estás haciendo lo que hacés. Cuando todo pierde sentido, incluso lo que antes te importaba. No es una debilidad. Es un límite. Un freno. Un mensaje. ¿Qué hacer con eso? No se trata de buscar soluciones mágicas. Ni de empujarte a estar bien a la fuerza. Se trata de escucharte. De entender qué te pasa. De encontrar algo de lo...