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Mostrando entradas de julio, 2025

Y vos?

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No sé bien cómo llegaste hasta acá. Tal vez por curiosidad. Tal vez por cansancio. O porque algo en vos hace tiempo que viene pidiendo una pausa. Y si te digo la verdad, yo también estuve ahí. En esa especie de ruido interno que nadie más parece oír. En esa soledad que no se cuenta porque da vergüenza admitirla. Como si doler estuviera mal. Pero… ¿vos también te diste cuenta? Que algo cambió. Que las relaciones ya no se sienten como antes. Que el amor se volvió un campo minado donde uno no sabe si va a ser querido o usado. Donde dar se confunde con perder y querer parece dejarte más solo todavía. ¿No te cansaste de eso? De dar más de lo que recibís. De aguantar lo que no deberías. De creer que si hablás de lo que te duele, vas a molestar. De pensar que merecés menos porque así te trataron. Hay formas de violencia que no dejan marcas en la piel, pero te van apagando de a poco. Te convencen de que lo normal es que no te escuchen, que lo lógico es que siempre seas vos quien se...

Sobre la violencia de este tiempo (y el alma que aún tiembla)

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Vivimos en una época en la que la violencia ha dejado de golpear solo desde afuera para filtrarse, sigilosa, en lo cotidiano. Ya no necesita gritar para instalarse. Basta con una mirada que no ve, una palabra que niega, un silencio que descarta. Y, sin embargo, ahí estamos: latiendo, resistiendo, buscando modos de no endurecernos en medio de tanto golpe sutil. La violencia hoy no es solo la del arma ni del puño. Es también la que se disfraza de normalidad en vínculos que no escuchan, en instituciones que no cuidan, en diagnósticos que reducen, en discursos que invalidan el alma de las personas. Es la que aparece cuando se pierde el respeto por el tiempo del otro, por su cuerpo, por sus emociones, por sus búsquedas. Es esa que te dice que exagerás, que te calles, que te acomodes, que seas igual a todos. Y si te sentís sola o solo… no estás exagerando. No es menor lo que pasa. Estamos hechos de hilos invisibles que nos unen con los otros, con la tierra, con el deseo, con el p...

Imprevisto

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Lo que no esperabas. Lo que no planeaste. Lo que llegó sin preguntar si podías, si querías, si estabas lista. El imprevisto interrumpe. Rompe lo que venías armando. Desordena lo que parecía claro. Pero también, te muestra quién sos cuando no tenés respuestas preparadas. Hay quienes se enojan con el imprevisto porque les recuerda que no tienen el control. Hay quienes le temen porque aprendieron a sobrevivir solo si todo está en su lugar. Y hay quienes hacen del imprevisto una nueva forma de habitar el mundo. Porque el imprevisto, aunque duela, también puede liberar. A veces rompe con una lógica repetida, insoportable. A veces trae lo que uno no se atrevía a buscar. A veces te obliga a frenar, a mirar, a elegir de nuevo. El imprevisto no se anuncia. Llega y trastoca. Te saca del guion. Pero también te invita a escribir uno nuevo. No siempre es una tragedia. No siempre es una oportunidad. Pero siempre es una verdad que te enfrenta con lo que hay. El tema no es evitar el imprev...

CONTROL

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Hay personas que dicen "me gusta tener el control", como si fuera una virtud, un rasgo de carácter firme, algo que garantiza orden. Pero pocas veces se animan a ver el costo de ese supuesto control. Controlar es, muchas veces, una forma sofisticada del miedo. No se controla porque se tiene poder, sino porque se teme perderlo todo. Se controla cuando uno ha vivido el caos de cerca. El control se vuelve un refugio: si todo está bajo control, no me va a doler. Pero no es cierto. El control cansa, enferma, aísla. Porque para que todo esté bajo control… todo tiene que estar bajo vigilancia. Y entonces ya no se vive: se administra. Se administran vínculos, tiempos, emociones. Se calcula cómo decir algo para que no incomode, cómo vestirse para evitar miradas, cómo llorar para que no se note. Y en ese intento de tener todo bajo control, una parte viva se va apagando. Lo imprevisible –que es la vida misma– se vuelve amenaza. Hasta que un día, algo se cae. Algo se rompe. Y ...

Juzgando...?

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Vos que te encontrás juzgando sin darte cuenta Vos, que mirás al otro desde esa seguridad que da creer que hacés las cosas bien. Que pensás —aunque no lo digas— que hay decisiones que jamás tomarías. Que te encontrás diciendo frases como “yo no entiendo cómo alguien puede…” o “eso no se justifica”. Y capaz es cierto, capaz vos no lo harías. Pero… ¿desde dónde lo decís? Porque hay un mandato dando vueltas hoy. Un mandato silencioso, disfrazado de conciencia, de justicia, de valores: el mandato de tener razón. De ser coherente, correcto, impecable. Y con eso, sin darte cuenta, te puede pasar que mirás al otro más para juzgarlo que para comprenderlo. Como si lo diferente fuera peligroso. Como si el error ajeno fuera una amenaza personal. Como si tu forma de ver la vida fuera la única válida. Pero pará un poco. ¿Nunca actuaste desde el cansancio? ¿Nunca elegiste desde la desesperación o el miedo? ¿Nunca te confundiste creyendo que hacías lo mejor? ¿Nunca te dolió que te juzgara...

¿Y si el problema no sos vos, sino lo que el mundo te está pidiendo ser?

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Vos también lo sentís. No hace falta que lo expliques. Ese cansancio que no se va durmiendo. Esa sensación de estar corriendo todo el tiempo, pero sin saber bien hacia dónde. Ese ruido de fondo que no para, incluso cuando todo parece en silencio. No es solo que estés agotado o que te falte fuerza de voluntad. Es que los sentidos —eso que antes tejía una trama, un para qué, un sostén— se están cayendo. Y cuando el mundo gira tan rápido, no hay tiempo ni para preguntarse si querés estar girando ahí. Ya no hay pausa. No hay lugar. Todo tiene que tener un motivo útil, mostrable, vendible. Hasta tu angustia tenés que justificarla. Hasta tu tristeza tiene que ser “productiva”. Hasta tu alegría tiene que verse bien en una foto. Pero vos… ¿cuándo fue la última vez que te sentiste verdaderamente en vos? ¿Cuándo te diste permiso para no saber? ¿Para no llegar, para no rendir, para no hacer como si todo estuviera bien? ¿Y si en vez de pensar que estás fallando, empezás a preguntarte q...

Anticiparse a todo

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Vivimos corriendo detrás de un tiempo que nunca alcanza. Como si no bastara con responder a las exigencias diarias, ahora también hay que anticiparse. Prever. Predecir. Prevenir. Estar un paso adelante. Resolver antes de que algo ocurra. Como si eso evitara el dolor, la angustia, el caos. Como si pudiéramos tener todo bajo control. Pero ese intento de estar por delante del presente, muchas veces, se vuelve una forma de desconectarse de él. Nos quita espontaneidad, nos roba el registro del cuerpo, del deseo, de lo que verdaderamente necesitamos hoy. Vivimos en un estado de hipervigilancia emocional, esperando el golpe, la pérdida, la desilusión… y así, sin darnos cuenta, estamos ya golpeados, perdidos, desilusionados. La anticipación se disfraza de responsabilidad, de madurez, incluso de amor. Pero cuando se vuelve excesiva, ya no es cuidado: es ansiedad. Es un intento desesperado de controlar lo incontrolable. Y eso nos enferma. Nos agota. No todo se puede prever. Y no todo...

Cuando el cuerpo no encaja en lo esperado: una carta abierta a quienes diagnostican ansiedad

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Hay algo que me sigue llamando la atención en la práctica clínica. Una y otra vez, escucho lo mismo en pacientes que llegan después de largos recorridos: "Me dijeron que era ansiedad." "Me hicieron todos los estudios y como no salió nada, me derivaron al psiquiatra." "Me dieron clonazepam y me mandaron a casa." No escribo esto desde el enojo. Lo escribo desde una clínica compartida. Desde el respeto por quienes ejercen la medicina con intención de aliviar. Y también, desde la preocupación por los diagnósticos que se adelantan… cuando el cuerpo todavía no fue escuchado del todo. Muchos cuadros de disautonomía —POTS, síncopes, intolerancia ortostática, entre otros— se manifiestan con síntomas que parecen emocionales: taquicardia, temblores, sensación de ahogo, visión borrosa, confusión mental, presíncope. Parecen ansiedad. Pero no lo son. O no siempre. Y cuando lo fisiológico se descarta demasiado pronto, se produce un desplazamiento peligroso: E...

La ansiedad no es sólo un síntoma. Es un grito

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Un grito mudo del cuerpo cuando el alma no tiene dónde reposar. Es lo que aparece cuando se exige estar bien, rendir, responder, entender, adaptarse, producir, sostener, prever… sin interrupción. Y no es casual. No es azaroso que tantos cuerpos tiemblen hoy, que se aceleren, se agoten, se paralicen o no encuentren aire. La ansiedad es la música de fondo de una época que nos apura hasta no dejarnos pensar. Vivimos en un mundo que exige reacción inmediata, que premia la imagen y castiga la pausa, que juzga sin comprender y exige sin mirar. Una época que confunde valor con utilidad, amor con entrega total, y salud con rendimiento. En ese contexto, la ansiedad se vuelve una respuesta lógica: porque hay algo que no encuentra lugar, algo que fue desalojado del tiempo, de la palabra, del cuerpo. Y cuando no hay dónde ponerlo, el cuerpo lo grita. ¿Dónde quedó la posibilidad de fallar? ¿De no saber? ¿De no querer? ¿De no poder? Nos enseñaron que todo eso es debilidad. Y sin embargo,...

Cuando la queja absorbe todo

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Hay un momento en que la queja deja de ser un grito por justicia y se transforma en forma de vida. Un refugio conocido donde nada cambia, pero todo se dice como si quisiera cambiar. La queja histérica tiene algo de trampa sutil: se presenta como falta, pero en realidad sostiene un lugar. El de la que no tiene… el de la que no puede… el de la que espera que el Otro venga a completarla. Y así, el deseo se posterga, se disfraza de demanda, se vuelve reclamo perpetuo a un Otro que nunca alcanza. Porque en esa lógica, el Otro siempre falta, siempre se equivoca, siempre deja vacíos. Y mientras tanto, la queja hace nido. Y el movimiento… se detiene. La falta, en lugar de ser motor de deseo, se vuelve excusa. Y el deseo, ese fuego propio, queda hipotecado al juicio del Otro, a su mirada, a su respuesta, a su presencia. ¿Y si en vez de seguir señalando la falta del Otro, pudiéramos mirar la propia posición frente a eso que falta? ¿Y si en lugar de demandar, nos preguntáramos qué des...

Cuando le echás la culpa al otro, ¿no sentís que algo en vos se disuelve?

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Al principio parece un alivio. Decir “fue por culpa de él”, “me hicieron así”, “la vida no me dio lo que necesitaba”. Como si al dejar la culpa afuera, uno pudiera respirar mejor. Y sí, puede que duela menos… por un rato. Pero ¿no te pasa que, en ese movimiento, algo tuyo también se va con eso? ¿Que te volvés menos vos? Como si, al señalar al otro, dejaras también en sus manos el poder de cambiar tu historia. Decir “la culpa la tiene el otro” puede sonar fuerte, firme, hasta justo. Pero en el fondo, te deja esperando. Esperando que el otro repare, que el mundo cambie, que la vida vuelva atrás y te dé lo que no te dio. Y en esa espera, el deseo se apaga, la voz se debilita, y algo esencial empieza a disolverse: tu posibilidad de hacer algo distinto. No se trata de negar lo que dolió. Lo que pasó, pasó. Lo que te hicieron, te marcó. Pero una cosa es lo que pasó, y otra muy distinta es lo que hacés hoy con eso. Ahí está la diferencia entre quedarte atado a una escena antig...

Cuando dejamos de preguntar

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Vivimos rodeados. Y sin embargo, tan solos. No solos porque falte gente, sino porque se volvió difícil el lazo. Difícil mirar al otro y no querer ganarle. Difícil escuchar sin interrumpir. Difícil hablar sin tener que defenderse. En los grupos, en los trabajos, en los vínculos... cada uno en su idea, en su verdad. Y el otro, más que un encuentro, se vuelve un obstáculo, una amenaza, algo que hay que corregir. Y entonces llega la violencia. No siempre con gritos. A veces con silencios que expulsan. Con gestos que cortan. Con frases que no preguntan, sino que acusan. "Vos sos así", "Lo que te pasa es que...", "Seguro que lo hiciste por tal cosa". Y ahí ya no hay espacio para el otro. Lo interpretamos antes de escucharlo. Lo reducimos. Lo dejamos sin aire. ¿Hace cuánto no le preguntás a alguien: ¿qué te pasa en serio? ¿cómo lo vivís vos? ¿me lo podés contar con tus palabras? ¿Hace cuánto no nos damos permiso para decir: no lo sé no te entiendo tod...

La soledad que elegimos… y la que no

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Hay una soledad que llega sin que la llames. Y otra que vos misma abrís la puerta porque ya no querés más ruido. A veces estás sola porque la vida se volvió demasiado falsa, y preferís el silencio antes que seguir actuando. Y no es fácil. Porque estar sola tiene mala prensa. Como si significara que algo en vos está roto. Como si se necesitara estar con alguien todo el tiempo para valer más, para sentirte viva, para no incomodar. Pero hay algo en esa soledad que no miente. Que te muestra sin maquillaje. Que te devuelve el eco de tu propia voz, aunque al principio no te guste lo que dice. A veces la soledad no es vacío. Es limpieza. Es sacar todo lo que pesa. Todo lo que dolía pero no sabías cómo nombrar. Todo lo que venías cargando por costumbre, por miedo, por amor mal entendido. Hay días en que te va a doler. Mucho. Vas a querer volver atrás. Vas a mirar el celular como si pudiera traerte un milagro. Y no va a pasar nada. Y justo ahí, cuando no pase nada, va a empezar a pa...

“La culpa la tiene el Otro”

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Vivimos tiempos en los que señalar al Otro se ha vuelto casi un imperativo. La culpa es del sistema, de los padres, de la infancia, del ex, del jefe, del patriarcado, de los vínculos tóxicos, del diagnóstico. Todo parece estar explicado por causas externas, y la subjetividad queda reducida a un efecto pasivo de determinaciones ajenas. Es comprensible: hay heridas reales, violencias históricas, marcas profundas que merecen ser nombradas. Y sin embargo, algo se pierde cuando todo se explica por el afuera. En este clima, la responsabilidad subjetiva aparece como un gesto casi escandaloso. No se trata de negar lo sufrido, ni de moralizar con frases vacías como “hacete cargo”. Se trata, más bien, de abrir una pregunta: ¿qué hice yo con eso que me hicieron?, ¿qué posición tomé frente a eso que me marcó?, ¿cómo me las arreglé —a mi modo— con lo imposible de soportar? El psicoanálisis no niega el trauma; lo que propone es una lectura que restituya al sujeto como parte de la escena,...

Soledad: en los tiempos del TODO o NADA

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Nunca estuvimos tan conectados. Y sin embargo… nunca nos sentimos tan solos. Vivimos rodeados de imágenes, voces, mensajes. La pantalla siempre encendida, el chat siempre disponible. Pero… ¿cuánto de eso toca de verdad? ¿Cuánto se queda en la superficie? Hoy la soledad no es solo estar sin alguien. Es no saber con quién hablar de lo que realmente importa. Es decir “estoy bien” cuando por dentro te estás apagando. Es estar en mil cosas y no sentirte en ninguna. Nos enseñaron que hay que estar ocupados. Que hay que producir, rendir, lograr. Que hay que mostrarse fuertes. Y así, entre tanto “hacer”, se nos va la posibilidad de “ser”. ¿En qué momento dejamos de preguntarnos cómo estamos? ¿En qué momento el silencio empezó a dar miedo? ¿Por qué sentimos culpa cuando nos detenemos? La soledad se volvió incómoda porque ya no sabemos habitarla. Y sin embargo, en ella aparece algo importante. Algo que no dice el algoritmo, que no se mide en resultados, ni se soluciona con un like. A...