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Mostrando entradas de noviembre, 2025

Hay mujeres que sobreviven en silencio

No porque no vean lo que les pasa. No porque no duela. No porque no quieran salir. Sino porque salir implica a veces quedarse sin nada. Sin casa. Sin hijos. Sin trabajo. Sin respaldo. Porque el afuera muchas veces no es más amable que el adentro. Porque la violencia no siempre es un golpe: a veces es una mirada que humilla, un control constante, una palabra que destruye la autoestima todos los días. Porque hay violencias que no se ven, pero pesan igual. Y no, no es tan simple como decir “¿por qué no se va?”. Salir de una situación así no es un acto de voluntad, es un proceso. A veces lento. A veces lleno de culpas y contradicciones. Muchas mujeres están vivas, pero ya no sienten que tienen vida. Hablar de violencia no es sólo hablar de lo que pasa en una casa. Es hablar de una cultura que aún permite que eso pase. De instituciones que revictimizan. De entornos que prefieren no meterse. De una educación que aún no enseña a amar sin poseer. Y también es hablar de redes. Porque una mujer ...

El yo tirano en la época del goce obligatorio

En esta época, el yo se ha inflado. Pero no es el yo cartesiano, ni siquiera el yo imaginario como lo presentaba Lacan en los primeros tiempos. Es un yo devenido tirano. Un tirano disfrazado de libertad, de autenticidad, de “ser uno mismo”, cuando en verdad está colonizado por los imperativos del discurso capitalista. Lacan lo advirtió de manera anticipatoria en El discurso capitalista: un discurso sin lugar para el imposible, donde la relación entre saber y verdad se desengancha, dejando al sujeto a merced de un circuito de goce sin tope. Allí, el yo se presenta como empresario de sí mismo, gerente de su marca personal, curador de sus experiencias, acumulador de goces. No hay falta, no hay pérdida, solo hay “ofertas”. Este yo, saturado de imágenes, cree que el sentido le pertenece, que puede producirse a voluntad. Como en El Palmavero, cuando Lacan describe cómo el sujeto se identifica con una imagen de plenitud que lo aliena, que lo esclaviza. Pero hoy ya no hace falta el Otro que no...

La patologización de la existencia(Texto para reflexión psicológica o psicoanalítica)

Vivimos en tiempos donde todo debe tener una etiqueta, una causa inmediata, un nombre clínico que “explique” lo que sentimos. La tristeza se convierte en depresión, el miedo en trastorno de ansiedad, la timidez en fobia social, la euforia en bipolaridad. Y con ello, lo que alguna vez fue parte del drama inevitable de estar vivos, se convierte en algo a erradicar, a medicar, a controlar. Así, se patologiza la existencia. Pero la existencia —en su crudeza, en su intensidad, en su ambivalencia— no es una enfermedad. Sentir miedo, tristeza, vacío, desesperanza o rabia no nos vuelve enfermos. Nos vuelve humanos. La cultura del rendimiento, del éxito permanente, de la positividad forzada, no tolera los momentos de caída, ni los síntomas como mensajes del alma o del cuerpo. Entonces medicaliza, rotula, encierra en diagnósticos. Claro que existen sufrimientos que requieren atención clínica y acompañamiento profesional. Pero hay otro dolor —más cotidiano, más existencial— que pide ser escuchado...

Intimidad

La intimidad no es solamente un espacio físico ni la desnudez compartida, sino un territorio invisible en el que el otro accede a aquello que solemos resguardar con más cuidado: lo frágil, lo verdadero, lo que late debajo de las máscaras. Intimidad es cuando dejamos caer el personaje con el que transitamos la vida y nos atrevemos a mostrar la vulnerabilidad, el miedo, la risa genuina, las heridas todavía abiertas. A veces creemos que intimidad es algo que se construye únicamente con los vínculos amorosos, pero también existe en una conversación con un amigo a las tres de la mañana, en el silencio cómplice con alguien que entiende sin palabras, en la mirada que reconoce. Intimidad es, de alguna manera, permitir que el otro vea la trama interior sin maquillaje ni defensas, y al mismo tiempo es el acto de confianza que nos abre a recibir lo que el otro también nos entrega. No siempre es fácil, porque la intimidad confronta con la idea de control. Nos expone a ser heridos, a que no nos com...

¿Qué es la responsabilidad subjetiva?

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  Imaginate que tu vida es una historia que vas escribiendo vos, aunque muchas cosas no las elegiste. No elegiste dónde naciste, ni a tu familia, ni lo que te pasó de chiquito o en ciertas relaciones. Hasta ahí, eso no lo manejás. Pero llega un momento en que, aunque no seas culpable de lo que te pasó, sí sos responsable de qué hacés con eso. La responsabilidad subjetiva no es "la culpa". No es señalarte con el dedo. Es más bien una invitación. Es eso que te dice por dentro: “¿Y ahora qué hacés con esto que te pasó?” Por ejemplo: Si de chico te trataron mal y creciste pensando que no valías nada, podés vivir toda la vida repitiendo eso... o un día preguntarte si eso que te dijeron era cierto. Si siempre reaccionás con bronca o te alejás de todo el mundo, podés seguir culpando al pasado, o también podés empezar a ver qué parte es tuya en esas repeticiones. Ser responsable de lo tuyo no es cargar con todo. Es empezar a mirar hacia adentro. No para castigarte, sino p...

Relaciones

Las relaciones que sostenés hablan de vos en un idioma que a veces desconocés. No sólo cuentan lo que amás o cuidás, sino también lo que temés, lo que callás, lo que evitás. Cada vínculo es un espejo: devuelve imágenes de tu historia, de tus heridas y de tus modos de habitar el deseo. Hay relaciones que parecieran elegidas en libertad, pero son el eco de mandatos antiguos, la repetición silenciosa de un guion que no escribiste. Otras, en cambio, son fugas de ese guion: apuestas arriesgadas que buscan abrir una grieta en lo heredado. Entre ambas fuerzas —la repetición y la creación— se mueve lo que sostenés. A veces, sostenés relaciones imposibles de habitar, pero conocidas en su dolor. Otras veces, habitás relaciones nunca dichas, vínculos tácitos que parecen sostenerte pero en los que apenas existís. Y en cada caso, la pregunta insiste: ¿qué de vos se juega allí? ¿Qué parte se entrega, qué parte se protege, qué parte se posterga? No es sólo con quién te relacionás, sino desde dónde. D...

La depresión no es falta de voluntad

No es que no le pongas ganas. No es que seas débil. Tampoco es estar triste y ya. Es una señal. Una forma en que el cuerpo y el alma dicen: "Ya no puedo más con esto." Vivimos en una época que exige que estemos bien. Siempre motivados. Siempre felices. Siempre haciendo. Hay una presión constante: tenés que disfrutar, tenés que rendir, tenés que poder. Y si no podés, sentís que estás fallando. Pero, ¿y si no es un problema tuyo? ¿Y si el problema es ese modelo de vida que no deja espacio para el malestar? ¿Ese sistema que te llena de exigencias, pero te vacía por dentro? La depresión muchas veces aparece cuando el deseo se apaga. Cuando ya no sabés para qué estás haciendo lo que hacés. Cuando todo pierde sentido, incluso lo que antes te importaba. No es una debilidad. Es un límite. Un freno. Un mensaje. ¿Qué hacer con eso? No se trata de buscar soluciones mágicas. Ni de empujarte a estar bien a la fuerza. Se trata de escucharte. De entender qué te pasa. De encontrar algo de lo...

Depresión

¿Por qué tantas personas se sienten vacías, sin ganas, tristes o desconectadas? Hoy, a eso se le llama “depresión”. Pero más allá del nombre, muchas veces lo que sentimos no tiene que ver con estar "enfermos", sino con cómo está armada nuestra vida, nuestro mundo, nuestros vínculos, lo que se espera de nosotros. Vivimos en una época que nos exige estar bien todo el tiempo. Hay un mandato constante: "Tenés que ser feliz, estar motivado, hacer lo que te gusta, disfrutar, tener éxito, estar bien con tu cuerpo, tener pareja, tener amigos, tener un propósito." Y si no podés, algo está mal con vos. Ese mensaje, repetido hasta el cansancio, puede volverse insoportable. ¿Y si no tengo ganas de nada? ¿Si me siento vacío? ¿Si todo me pesa? Lo que suele aparecer es un sentimiento de fracaso o de culpa: “¿Por qué no puedo estar bien si tengo todo?” o “¿Por qué a mí me cuesta tanto?”. Pero tal vez el problema no está en vos. Tal vez el problema es este mundo que nos vende que la...

No estás triste porque sí

Hay un cansancio que no se arregla con dormir. Una tristeza que no pasa con meditación ni con pastillas. Un vacío que no se llena con series, con viajes, con likes. No es flojera. No es falta de voluntad. No es que estés haciendo algo mal. Vivimos en un mundo que te exige estar bien. Todo el tiempo. Ser feliz. Ser productivo. Tener ganas. Tener energía. Tener sueños. Tener un cuerpo. Tener una pareja. Tener un propósito. Tener éxito. Y si no lo tenés, parece que el problema sos vos. Pero, ¿y si el problema es el mundo que te pide tanto? ¿Y si la tristeza no es una falla, sino una señal? Una forma en que tu alma te dice: “Así no puedo seguir”. Un llamado a frenar, a preguntarte: ¿Qué quiero yo? ¿De verdad esto es lo que quiero hacer, ser, vivir? La tristeza, el desgano, la angustia, no son errores del sistema. Son lo más honesto que tenés. Es tu cuerpo, tu mente, tu corazón, gritándote que algo no va más. Y eso no se cura tapándolo, ni negándolo, ni culpándote Se cura con verdad. Con es...

Sobre la soledad en tiempos que olvidaron el alma

¿De qué hablamos cuando decimos “soledad”? ¿Es acaso la ausencia de cuerpos a nuestro alrededor? ¿O será más bien la pérdida de algo mucho más sutil: el vínculo consigo mismo, el diálogo con la propia alma? En esta época, donde todo debe ser mostrado, compartido, aplaudido, ¿qué lugar queda para aquello que no se dice? ¿Qué espacio sobrevive para lo invisible, para lo íntimo, para lo que no se puede convertir en contenido? Dicen que estamos hiperconectados. Y sin embargo, rara vez nos encontramos. ¿No será que confundimos el estar “en línea” con el estar presentes? ¿No será que hemos poblado nuestras vidas de vínculos rápidos para no detenernos a sentir cuán solos estamos verdaderamente? Pero… ¿acaso la soledad es un mal? ¿O será que hemos olvidado habitarla? Porque no toda soledad es sufrimiento. Existe una que es pausa, una que es umbral, una que es medicina. La soledad del que elige callar para escuchar algo más hondo que el ruido del mundo. La soledad del que deja de actuar para qu...

“No hice nada.”

Hay algo que me viene llamando la atención desde hace más de veinte años que soy psicóloga. Y es esta frase que escuché cientos de veces, siempre con la misma carga de culpa o vergüenza: “No hice nada.” Y cuando pregunto, con curiosidad, ¿nada?, me dicen: "Me levanté temprano, preparé el desayuno, llevé a los chicos al colegio, hice las compras, limpié un poco, busqué a los chicos, preparé la comida, ayudé con las tareas, bañé a los más chicos, ordené, dejé todo más o menos listo para el día siguiente..." Y después, bajan la mirada, como si no alcanzara. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué todo eso no entra en la categoría de “hacer algo”? ¿Por qué seguimos pensando que sólo vale lo que se paga? ¿Por qué tantas mujeres viven jornadas completas sin pausas, pero sienten que no hicieron nada? Tal vez porque nadie lo ve. O porque lo ven, pero no lo reconocen. Porque es un hacer sin título, sin sueldo, sin aplauso. Porque es lo cotidiano, lo que "toca", lo que no se elige p...

“Mujeres de la tierra”

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De la puna y del viento, del monte y del río, del fuego del norte y del hielo del sur. De los suelos que crujen bajo el paso firme, de las manos que siembran, curan, sostienen, resisten. Mujeres argentinas: herederas del adobe y del agua, del canto y del silencio, de las que vinieron antes, con faldas polvorientas y mirada eterna, que tejieron futuro entre espinas y lunas. Cada una lleva su tierra en el cuerpo: el rojo de la Quebrada, el verde de Misiones, el dorado de los trigales, el gris de la Patagonia. Somos paisaje y memoria, raíz y desvelo. En cada rincón del país hay una mujer que late al ritmo de su suelo, que no se rinde, que transforma, que vuelve flor hasta lo que parecía piedra. Por todas nosotras, las que fuimos, las que somos, y las que vendrán con la fuerza indómita de esta tierra viva. Lic. Constanza Depetris 

La trampa de los pares dicotómicos

Vivimos midiendo, comparando, ubicándonos en escalas invisibles. Estamos tan acostumbrados a pensar en pares opuestos que se nos olvida que hay más caminos que la elección entre blanco o negro. Nos enseñaron a entender el mundo como una serie de dicotomías: fuerte o débil, sano o enfermo, normal o raro, feliz o triste. Y así, casi sin notarlo, se impone una lógica cruel: la lógica de lo igual como medida de valor. Si el otro no es como yo, está en falta. Si yo no soy como el otro, me siento menos. Siempre uno queda mal parado. Pero hay otra forma de mirar. Una lógica que no jerarquiza, que no mide, que no compara: la lógica de la diferencia. Esa que no necesita eliminar al otro ni reducirlo a lo que yo entiendo. Esa que respeta. Que acompaña sin invadir. Que se sienta al lado, no por encima ni por debajo. Por eso quiero ir abriendo uno por uno estos pares dicotómicos. No para resolverlos, sino para desarmarlos. Para mostrar lo que esconden. Para habilitar el pensamiento y el respeto po...

Pedir ayuda

Pedir ayuda nunca es gratuito. No lo es para quien lo hace desde la necesidad, ni para quien lo escucha desde la incomodidad. Pedir ayuda supone reconocer que no se puede solo, que el cuerpo o la mente ya no responden, que la fuerza se agotó o que la vida pesa demasiado. Supone enfrentar la mirada del otro, esa mirada que puede sostener… o juzgar. El costo de pedir ayuda está en lo que se pierde: el orgullo, la ilusión de autosuficiencia, la fantasía de que uno puede con todo. También está en lo que se arriesga: ser malinterpretado, ser minimizado, ser rechazado. Y, a veces, está en lo que se recibe: un consejo vacío, una respuesta fría, un silencio que duele más que la necesidad inicial. Porque pedir ayuda es mostrar una grieta. Y en una sociedad que idolatra la fortaleza, la eficiencia y el rendimiento, la grieta incomoda. Se vuelve un recordatorio de lo humano, de lo limitado, de lo frágil. Entonces, pedir ayuda se convierte en un acto de valentía radical: se paga un costo social, e...

"Cuando querés que el otro sea quien no es"

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Hay algo violento en querer que el otro se parezca a tu idea de cómo debería ser. Violento, sí. Porque en ese gesto de exigencia, lo borrás. Lo arrancás de su singularidad. Lo anulás. Es sutil. No gritás. No golpeás. Pero hay algo que duele igual: tu deseo de que cambie. Que sea más claro. Más romántico. Más fuerte. Que no dude. Que te entienda sin que hables. Que actúe como vos lo harías. Que te salve. Pero el otro no está para encarnar tu guión. Y cuando insiste en ser como es, ahí aparece el malestar. La queja, la decepción, el “no me está dando lo que necesito”. ¿Y si lo que necesitás es que se parezca a un ideal? ¿A un padre que no estuvo, a una madre perfecta, a una pareja que venga a calmar todas tus heridas? Entonces, ¿de quién es la responsabilidad? Porque sí: vos también tenés que hacerte cargo de eso que proyectás. De eso que creaste en tu cabeza y ahora le reclamás al otro que cumpla. Como si el otro fuese culpable por no llenar el molde de tu falta. Ahí se jueg...

El sufrimiento como mercancía

Vivimos en una época donde todo puede ponerse en venta, incluso aquello que alguna vez fue íntimo, sagrado o inefable. El sufrimiento —ese malestar profundo que solía transitarse en silencio, en el consultorio o en la soledad del alma— ha sido absorbido por la lógica del mercado. Hoy, se empaqueta, se estetiza y se ofrece como contenido. Se consume. Se comparte. Se vuelve capital simbólico. En redes sociales, el dolor se vuelve narrativa, branding personal, reclamo de empatía o likes. Llorar frente a una cámara ya no es solo un acto de catarsis, sino una estrategia. El cuerpo enfermo, la pérdida, la angustia, se vuelven episodios seriales. La vulnerabilidad, antes escondida o elaborada en la intimidad, ahora se convierte en performance. Y mientras más "auténtica" parezca, más valor tiene. Pero, ¿qué se pierde cuando el sufrimiento deja de ser experiencia subjetiva y pasa a ser espectáculo? ¿Qué sucede cuando el síntoma se transforma en identidad, y el malestar en rasgo de per...

Ni todo es culpa del otro, ni todo es carga propia

A veces, para no mirar lo que nos toca, le echamos la culpa al otro. Y otras, para no soltar lo que no es nuestro, nos echamos encima culpas que no nos corresponden. Dos maneras distintas de perdernos. Dos formas de irse de uno mismo. Hay quienes pasan la vida entera señalando al afuera: “me pasa esto por él”, “yo soy así porque me fallaron”, “no puedo avanzar por culpa de los demás”. Y hay quienes, en silencio, cargan con el dolor de todos, sintiéndose responsables de lo que no dijeron, de lo que otros eligieron, de lo que nadie les pidió. En ambos casos, el sujeto queda atrapado. Uno, esperando que el otro cambie. Otro, intentando reparar lo irreparable. Y en el medio… la vida pasando. Hacerse cargo no es tragarse todo. Y soltar al otro no es desentenderse de uno. Hacerse cargo es mirar con honestidad lo propio: lo que repito, lo que evito, lo que deseo. Y también saber decir: esto no es mío. Esta herida no la causé yo. Esta culpa no me corresponde. Esta exigencia no me define. El tr...

La falta

La falta es el punto de partida. No como un defecto, ni como algo que nos quita, sino como aquello que nos constituye. Siempre hay algo que falta, siempre algo que no alcanza. Y, aunque duela, es precisamente eso lo que nos mueve, lo que hace que deseemos, que busquemos, que inventemos. El velo aparece entonces como un recurso. Vela y revela al mismo tiempo: cubre lo insoportable, pero deja entrever lo que no puede nombrarse. Gracias a ese velo podemos sostener la vida, mirar de frente sin quedar cegados por lo imposible. El velo no borra la falta, pero nos da una forma de habitarla. Y en medio de esto, surge el tiempo lógico. Ese tiempo que no depende del reloj ni de los calendarios, sino de los movimientos del sujeto. Primero, un instante de ver: reconocer algo, vislumbrar un sentido. Luego, un tiempo para comprender: elaborar, dar vueltas, interrogarse. Y, finalmente, un momento de concluir: decidir, aún sin garantías. La falta nos constituye, el velo nos resguarda, y el tiempo lógi...

Cuando todo se vuelve síntoma

Vivimos en una época en la que cada malestar parece necesitar un nombre, una pastilla, un protocolo. Una época en la que la tristeza ya no puede ser solo tristeza: debe ser tratada. El insomnio, entendido como falla. La angustia, como desequilibrio. La duda, como trastorno. El dolor, como patología. Y el cuerpo, como una máquina que debe rendir… siempre. Se ha instalado, casi sin darnos cuenta, una lógica que traduce lo humano en código médico. Una cultura que medicaliza la existencia. Que no soporta lo incierto, lo inestable, lo subjetivo. Pero la vida no es un cuadro clínico. Y no todo lo que duele es enfermedad. Hay duelos que no requieren ansiolíticos, sino tiempo. Hay cansancios que no se curan durmiendo, sino cambiando de vida. Hay cuerpos que gritan lo que la palabra calla, y no habrá píldora que los silencie sin consecuencias. Lo preocupante no es la medicina. Lo preocupante es cuando se convierte en el único idioma permitido. Cuando toda pregunta se convierte en síntoma. Cuand...

Amar sin contrato

Amar sin contrato Hay amores que se viven como un contrato invisible: uno da, espera, exige… y cuando el otro no responde, aparece el reclamo. Pero ese contrato nunca se firmó. Nadie pactó devolver en la misma medida, nadie prometió cubrir las demandas que el corazón imagina. El verdadero riesgo del amor es este: no hay letras chicas, no hay cláusulas, no hay garantías. Lo que se da, se da porque sí, y lo que vuelve, vuelve sin obligación. Amar es animarse a entregar sin deuda, a recibir sin cuentas pendientes, a soltar la ilusión de un contrato imposible. Solo así, el amor deja de ser reclamo y se abre como encuentro. Lic. Constanza Depetris 

La diferencia que incomoda

Cuando hablamos de discapacidad, muchas veces aparece la palabra tolerancia. Como si la persona con discapacidad fuera alguien a quien “soportar”, alguien que está “fuera de la norma” y que por eso necesita de nuestra buena voluntad. Pero tolerar no es aceptar. Tolerar es aguantar lo que molesta. Y cuando la diferencia se vive solo desde la tolerancia, el riesgo es caer en una violencia más sutil: la del asistencialismo, la lástima, la mirada que reduce al otro a su condición. La violencia hacia la discapacidad no siempre se da en un insulto o en un gesto grosero. También está en la rampa que nunca se construye, en el trabajo que no se ofrece, en la decisión de hablarle al acompañante en vez de a la persona. Es la violencia invisible de una sociedad que dice incluir, pero que en realidad solo admite lo diferente si no incomoda demasiado. La cultura del “todos iguales” también hiere. Porque no somos todos iguales. Y pretender que alguien con discapacidad “haga todo como los demás” es bo...